sábado, 30 de agosto de 2014

La tregua


De nuevo la fiebre y la tos invaden todo mi ser. Esta suerte de infierno zarandeante no me deja descansar. El esqueleto completo clama por una tregua que no llega.
Ahogado, mareado y somnoliento, respiro poco pero alcanza. Es como si el aire llegara a cuenta gotas a los pulmones. Sólo sirve para mantenerme postrado.
Caminar se transforma en una aventura digna de una novela de Julio Verne.
Cuando llego al baño, después de mucho esfuerzo, el espejo es un tormento. Refleja un rostro pálido y huesudo propio de un prospero cadáver.
De adentro salen despojos de flema, sangre y vida, y vida que se escupe con dolor, con ese inmenso dolor de saber que próximamente seremos olvido.
La vida es algo que transcurre por mi ventana. Allá afuera se sienten las caricias del sol, la brisa matinal y el viento vespertino. Ese pájaro, de patas y pico naranja, que no sé cómo se llama, canta pero afuera.
Adentro todo es silencio, huele a flores marchitas, a final de velatorio cuando hay que volver todos los muebles a su lugar y vaciar los floreros.
Por suerte, todavía la suerte existe aun en este estado, pastillas de colores y un jarabe amargo ofrecen una tregua y el cuerpo se desvanece.
Ahora, las sabanas parecen de plomo y mi cuerpo se vuelve más liviano dispuesto a emprender un vuelo eterno.

miércoles, 27 de agosto de 2014

De pestes y fármacos

Acabo de apagar el nebulizador y el horrendo sonido concluyó. Ahora sólo son las teclas.
Estoy enfermo pero en todo el sentido. Tengo una bronquitis asmática desde hace 10 días. Estoy con antibióticos, corticoides y nebulizaciones. Por si no lo dije, desde hace 10 días.
Para dormir, como se me cierra el pecho y cuesta respirar, debo hacerlo sentado en la cama....monstruoso. Pero para que todo tenga una dificultad mayor se suma otra cosa, como no tengo que agitarme ni desesperarme y en una persona ansiosa como yo todo eso es muy posible que
pase, es más pasa, me tengo que tomar un par de gotas de ribotril para bajar un cambio. Por lo que dormir se convierte en una aventura digna de un sueño...ah por cierto sufro de insomnio.
Esto parece joda, digo, todo contado así con total desparpajo como si le ocurriera a otro. Pero no, me ocurre a mí y aquí estoy tomando un té de hiervas naturales que se mezclan con cuanto fármaco anda dando vuelta por la casa.
Lo único que quiero es respirar, tranquilo, sostenido, sin ahogarme en medio de una tos seca que violenta todo mi ser. Las venas del cuello parecen entrar en transformación y con una vehemencia admirable y una fortaleza abdominal trato de expectorar, es decir intento escupir, un fluido denso que ni bien sale aparece otro que corta mi respiración y la rueda sigue así por varios minutos.
Esta violenta acción de toser termina dejando mi cabeza al borde del estallido y un mareo profundo me quita todo el equilibrio y necesito refugiarme en una silla o en la cama, sí, en la cama pero sentado, ¡qué estupidez!.
En fin, así voy transitando la peste más larga en mis 40 años que ya a esta altura no sé si voy a poder superar. Debo admitir, más allá del tono simpático o sarcástico, que ando con miedo, con miedo de ese que te llena la cabeza de preguntas y te plantea escenarios catastróficos. En fin...nada que la muerte no vaya a concluir de una vez y para siempre.

Que descanses...yo no lo haré!!!

jueves, 13 de febrero de 2014

El cura que nunca se calló ni ante Dios


Esta entrevista la realicé allá por enero de 2006 y me ayudó a cambiar la imagen que tenía de los curas. Roberto Juárez pasó de ser un entrevistado a un compañero de trabajo con el cual compartimos una actividad multidisciplinaria vinculada a la problemática carcelaria de Mendoza en aquellos años.
Frases como: "Para tener a la gente como la tenemos en la cárcel es más humano y cristiano matarlos, para que mueran con dignidad , y no irlos destruyendo como personas", y "le dije a Dios que el hombre, que es su creación, le había salido para la mierda".
Les dejo la entrevista del hombre que nunca cerró la boca ni ante Dios.




Entrevista a Roberto Juárez, capellán del penal de Mendoza

"Es más humano matarlos"




Lo que muestra su fisonomía física puede llegar a traer una primera impresión errónea ya que es flaco y al tener barba su rostro se ve más delegado aún. No obstante, es un tipo de carácter, con un lenguaje llano que dice las cosas por su nombre.
Roberto tiene una historia de vida compleja (ver a parte) y fiel a su forma de ser ha sabido tener fuertes enfrentamientos las autoridades gubernamentales y eclesiásticas.
Su trabajo en la penitenciaria lo inició en 1992, invitado por un capellán jesuita de ese entonces.

¿Qué te llevó a trabajar en la cárcel?
Hasta que me invitaron nunca había pasado por mi cabeza la idea de la cárcel, no estaba entre mis objetivos, inquietudes ni nada. Vine por eso que dice el evangelio de “estuve preso y me visitaron”. Es difícil decir qué pasó dentro mío, de hecho todavía estoy tratando de explicármelo.

¿Qué descubriste?
Para mi se abrió un mundo confuso, difícil, que lo vivo en contraste. Acá encontré lo mejor y lo peor del ser humano y de mí. Descubrí lo peor de mí, el asesino, el violador todo eso que todos tenemos potencialmente y que no se desarrolla porque estoy más atento y por haber tenido muchos más medios que muchos de los que están acá no tuvieron.


¿Has vivido situaciones límites estando acá?
Sí, pero el pico fue el motín de la Vendimia del 2000. Terminado el motín, ese lunes, se puso como condición en el petitorio que gente de la pastoral y legisladores supervisáramos la requisa que hacia infantería de la policía. Estuvimos en un primer pabellón donde todo fue muy ordenado y muy digno, si es que se puede hablar de dignidad. Pasado ese pabellón los legisladores se sacaron la foto y se fueron, durante toda la requisa estuve yo con un legislador amigo que se quedó. Esa fue una de las experiencias más terribles de mi vida y degradante del ser humano.

¿Por qué? ¿Qué viste?
Vi como hacían salir a los internos en pelotas, apoyados sobre las paredes de los pabellones, mientras la policía destruía todo lo que tenían, aparatos y demás. Al jefe de la requisa le dijimos que era innecesaria tanta destrucción y vandalismo. Estaba todo descontrolado era un desquicio de todos, un desborde de bronca, de ira, de furia y de locura.

¿Qué sentiste en ese momento?
Me sentí con la mierda hasta las orejas. La mierda de los internos, de los penitenciarios y la policía, la mierda de la sociedad, de los políticos y con mi propia mierda. Fue una experiencia límite donde me planteé si me iba o me metía de lleno en la mierda para sobrevivir ahí. Tenía ganas de que todos voláramos porque eso no tenía sentido y era todo un absurdo.

Y Dios, ¿qué pasa con Dios en ese momento?
Me puse ante Dios y le dije que el hombre, que es su creación, le había salido para la mierda. Reponerme de esto me costó bastante tiempo, porque elegí quedarme y no quería quedarme para desparramar mierda, sino porque más allá de lo que aparece creo que todo ser humano está creado a imagen y semejanza de Dios, ese es el sustento de mi fe y además considero que el hombre es redimible.

¿En algún momento desde la penitenciaria han intentado condicionarte en tu libertad de expresión?
Por ahí me han llamado la atención, pero yo siempre he tenido una actitud franca.

¿Y desde el Arzobispado?
Una vez le mandé una carta muy dura al gobernador Rodolfo Gabrielli con copia al intendente de Guaymallén, Jorge Pardal, y al arzobispo, en ese entonces, Candido Rubiolo. Pardal me llevó a comer a Don Mario y me dijo que tenía cosas más importantes y lo social no le calentaba tanto. Rubiolo me había ordenado como sacerdote, pero cuando me llamó tuve una desilusión muy grande porque me tocó un aspecto personal y familiar mío, como fue el encontrar a mi padre, que no tenía porqué. Esto me molestó a tal punto que pensé en irme de la diócesis. Cuando él dejó el cargo finalmente hicimos las paces.

En junio del año pasado en la requisa que se hizo hubieron abusos?
Sí, le metieron palos en el ano a los internos y destrucciones muy grandes por lo que reviví todo lo que pasó en el 2000. Fue una situación abusiva y de injusticia.

La denuncias que formuló Amnistía Internacional sobre las condiciones de vida infrahumanas dentro de la cárcel, ¿Eran así?
Todo era así. Cuando me preguntaron si las denuncias de lo abogados eran movilizadas por algún interés económico, les dije que no sabia si había un interés económico sino que eran los único que habían puesto en evidencia situación que se sabían que existía y que nadie lo decía.

¿Cuál es tu visión de la cárcel?
Esto es producto de nuestra sociedad que es muy hipócrita. Un sacerdote amigo, que no es mendocino me decía: ‘Ustedes los barrios pobres los quieren esconder con árboles y los ricos están en country’. Somos de esconder las cosas y eso no es sano. Acá hubo un genocidio que fue durante la represión, pero ahora estamos reeditando un genocidio con los jóvenes que llenan nuestras cárceles que consideran no deseables y que son irrecuperables la gran parte de ellos.

¿Esto se lo has dicho a los políticos?
A un alto funcionario que me dijo que son irrecuperable, le dije que hay que blanquear la situación y si consideran que son irrecuperables los tenemos que matar porque no tiene sentido hacer nada. Estos no son desaparecidos como en la dictadura, estos ni siquiera han aparecido porque son excluidos a los que tratan como ciudadanos de segunda por haber nacido en situación de miseria y pobreza.

¿Matarlos?
Para tener a la gente como la tenemos en la cárcel, es más humano y cristiano matarlos para que mueran con dignidad y no irlos destruyendo como persona. Por eso el lamentable que hayan tenido que venir de la corte internacional a decirnos que nos demos cuenta de esta situación.

Entonces, acá existe la pena de muerte encubierta.
Acá hay condenas a muerte tácita, no abiertas que sería más honesto. Acá los dejan que se maten entre ellos en ajuste de cuenta o los matan en su dignidad de seres humanos. Los políticos deben saber que se puede pecar por acción u omisión y acá no han hecho nada para evitar esta situación.

¿A los internos qué les decís?
Le planteo que cada uno tiene libre albedrío, y si quieren seguir robando es una elección personal. Sobre todo hablo con los jóvenes que han tenido muy pocas posibilidades y si pudiéramos trabajar con ellos en un programa sostenido y serio muchos no reincidirían.
La mejor inversión en seguridad es evitar la delincuencia y hacer que el que está detenido se pueda reinsertar.

¿Cómo ven los jóvenes delincuentes la cárcel?
El otro día uno me decía que ‘acá lo único que estoy aprendiendo es a robar mejor, esto es una universidad de la delincuencia’. Eso es lo único que estaba aprendiendo sistemáticamente.

¿Se cumple con la corrección y reinserción del que delinque?
No se cumple. Sí hay intentos más que válidos pero son aislados. Lo que hace falta y se lo dije al gobernador, es una política penitenciaria sustentable y no solamente la voluntad de los que trabajamos acá y que cada vez estamos más desbordados porque es mayor el número de internos, porque las instalaciones, incluidas las nuevas, tienen menos espacios para desarrollar talleres o aulas de aprendizaje. Sería bueno que la clase dirigente deje de usar la cárcel políticamente que es muy nocivo.

¿Los internos como mantienen la fe viviendo de esta forma?
Vivir acá es una situación límite para el ser humano. De hecho la ley es una contradicción porque pide que se le enseñe al hombre a vivir en libertad estando prisionero, cosa complicada. La pena que les impone el juez, ellos no la eligieron, lo que sí eligen es cómo vivir la condena.

¿Valoran la vida?
La población joven es la que menos valora la vida, pero cuando te pones a escuchar sus historias con situaciones de miseria, abuso, explotación por lo que es imposible que valoren la vida si nadie valoró la suya por eso por un Poxirrán o por dos pesos pueden llegar a matar.

¿Los que trabajan con los internos cómo se sienten?
El personal que está muchas horas con los internos también está en condiciones infrahumanas. Siempre digo que algunos trabajos son honorables aquí nuestro trabajo nos hace sentir miserables porque no tenemos los medios, se nos pone en situaciones que nos desbordan porque a veces no contamos con un baño o un lugar digno para ducharnos o descansar un rato cuando uno tiene que estar hasta 36 horas.
¿Qué opinión te merece la clase dirigente?
Creo que tienen que estar acá adentro. Un vecino me dijo una vez que tenía la solución para la cárcel, ‘un revolver y unas balas’. Yo le dije que se lo aceptaba con una condición, que empezara con los grandes delincuentes que son los que arruinan a los pueblos, que hacen que niños y jóvenes pasen hambre, desnutrición y miseria. Hay ámbitos de las personas que están en el poder que no les van a permitir llegar a la cárcel, por influencias, modos y toda una serie de vericuetos y trenzas que los terminan beneficiando. En esto el consuelo que me queda es que en el Apocalipsis, cuando llega el juicio de Dios, se dice ‘llego el momento de arruinar a los que arruinaron la tierra’.

¿Renunciarías?
Me lo he preguntado pero el tema de estar en la cárcel conmigo es porque yo me enfrento con Dios acá en la penitenciaría. Yo le digo, si realmente has venido a buscar y salvar lo que estaba perdido, demostralo acá. Esto parece como un desafío que le hago a Dios y por ahí siento que no lo percibo pero la que siempre me salva es la virgen María, por eso soy muy mariano y tengo una devoción muy especial por María.


Historia personal
"Yo era Villegas, tendría que ser García pero terminé siendo Juárez” así resume el Padre Roberto su compleja vida familiar que lo lleva a sentir que es “un paria, como el resto de los que están acá en el penal”.
Sus padres estuvieron de novio y tras una rápida relación nació Roberto quien se crió con su abuela materna. Mi mamá había formado una nueva pareja, hasta los ocho años yo creí que era mi hermana, hasta que el esposo de ella me dijo en forma poco diplomática que ella era mi vieja” recuerda el cura. De ahí le cambia la vida y se entera que tienen un padre que va a conocer recién a los 33 años cuando era párroco en el Barrio Santa Ana. Desde los 12 años que muere su abuela se cría con una familia adoptiva que le da el apellido Juárez. A los 14 años finalmente va a romper con su familia de sangre. A los 16 años ingresa al seminario.

“A los 31 años mi vieja me dejó los datos de mi padre, que vivía en San Luis. Nunca tuve inquietud por conocerlo hasta que se me presentó”, explicó el cura quien siente muy de cerca la obra de Dios que le brinda un temple suficiente como para no desmoronarse ante los avatares que ofrece el trabajo en la penitenciaría.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Desesperación

Desesperado, insomne, el puf no funciona y cuesta respirar pero el pecho está bien, el problema es la cabeza sobre la que se ciernen espantos en jirones de verdad y realidad. 
El ron arrasa la garganta pero no aleja esas figuras firmes, perennes que me rodean.
Me digo que es la crisis de los 40, más de la mitad de mi vida ha transcurrido y si bien respiro con eso no basta. ¡Basta! es lo que me digo y la televisión me atropella con más de 70 canales de nada, de esa nada que no me abandona.
Y la muerte que insiste con entrometerse con su ritual sádico que sumerge en un laberinto minado de olvido y nada.
Me resisto y pienso en esa frase que dice que “la vida está siempre abierta a las posibilidades. La muerte es la imposibilidad de las posibilidades”. Ayuda pero nada.
La taquicardia se hace sentir, la respiración se acelera y la cabeza parece estar montada arriba de un formula 1 carente de frenos. ¿Por qué tanta furia?
Tengo una jauría adentro y cientos de seres que me señalan. Ensayo un pacto paranoide: bajen sus dedos y dejo de ladrar. Pero sus dedos montan en cólera y se abalanzan sobre mí para desmembrarme.

No hay escapatoria, el sueño llegará por inducción. Una redonda me hace sucumbir en las sábanas. La noche me ha atrapado.

lunes, 8 de julio de 2013

Matar para morir

“Poseer un arma de fuego da poder y ese poder puesto en las manos equivocadas es un peligro contra sí mismo y contra terceros”, me explicó un psiquiatra a meses de que terminara el anterior milenio cuando indagaba sobre la carencia de seguimiento psicológico que reciben los policías.
Por ese entonces en la radio de la Universidad Nacional de Cuyo con un grupo de amigos sacamos al aire un programa que osó llamarse “gente despierta”. Iba los viernes a la noche y era una mesa redonda donde desglosábamos distintas temáticas, todavía conservo los caset de esos programas.
La noche que tratamos el tema del amor, recuerdo, entrevistamos a distintas personas calificadas entre ellas al director del hospital El Sauce, predio que se encuentra perdido en Bermejo, Mendoza. Es una suerte de loquero de puertas abiertas.
Mientras esperaba ser atendido se acercó un loco que me pidió un cigarrillo. Por ese entonces fumaba así que sin inconvenientes le tendí uno. El tipo lo tomó y lo miró detenidamente después de unos segundos que parecieron ser minutos lo arrojó al suelo y lo pisó sin haberlo encendido. Mi rostro mutó en desconcierto pero no esboce reclamo alguno.
El loco se me acercó nuevamente y me pidió otro cigarrillo justo en el mismo instante en que la secretaria me avisaba que entrara al despacho del director del hospital. Tuve un segundo para mirarlo y decirle ‘no fumo’ y el loco me dijo: ‘lo bien que hace’. Ese loco golpeó con lucidez todo mi ser.
El joven director me explicó que no se mata por amor sino por desamor. Además aclaró que no todos están en condiciones de matar por más que encuentren al ser amado con otro en la cama sino que se tiene que producir lo que ellos denominan “punto de quiebre”, superado ese umbral todo está dentro de lo posible. Desde un caso como el de Barreda que asesinó a sus hijas, esposa y suegra hasta el crimen de una fría noche de jueves en junio de 2013 en Neuquén.
Antonio, Pablo y María se habían criado en Las Lajas, un pueblo alejado de la capital neuquina a unos 250 kilómetros.
Ella vivía en el casco principal del pueblo y ellos en el humilde paraje de Las Buitreras. No es pura ficción imaginar que estos amigos veían a María caminar en el pueblo y sus cuerpos se suspendían en el aire y en el tiempo imaginando una vida con ella.
La carencia de oportunidades en la localidad les dejó una puerta abierta para tratar de vencer a su suerte que parecía estar echada, hacerse policías. Ingresar a la policía les ofrecía la posibilidad de un sueldo seguro a fin de mes, una obra social, la posibilidad de hacer carrera, un arma, prestigio en el pueblo y poder porque no hay ninguna otra cosa en el mundo que los hombres deseen más que el poder.
En las Buitreras los inviernos no eran fríos eran cruentos hacían doler los huesos pero para ellos no habrá invierno más frío que el último vivido en la capital neuquina.
El desembarco en la ciudad se produjo producto de la falta de policías que tiene la provincia, entonces a la mayoría de los muchachos del interior los sacan de sus poblados para tratar de cubrir las necesidades de la urbe más poblada de toda la Patagonia. Algunos seguramente recuerden la teoría de la sábana corta.
Lo cierto es que ambos siguieron su camino dentro de la policía, Antonio trabajó en las comisarías y Pablo en el servicio penitenciarios.
Fue justamente Antonio quien con las vueltas de la vida terminó entreverado con María que ya tenía una hija y una separación encima. Él siempre de alguna forma la había amado por lo que la aceptó así y juntos emprendieron la aventura de convivir y hasta tuvieron un hijo.
Pero alguien dijo alguna vez que nada es para siempre y que todo pasa incluso lo bueno. Tal cual, los buenos tiempos cambiaron y la relación se tensó a tal punto que María buscó oxigeno y se quedó viviendo en una habitación de un inquilinato mientras Antonio encontraba refugio en la casa de nuevos amigos.
Certezas de cómo fue que se encontraron Pablo y María no hay, destino dicen algunos, otros hablan de miradas del pasado que nunca se animaron a ir más allá. Cierto es que tuvieron unos encuentros en los que nunca pensaron que la muerte asechaba a sus espaladas.
Justamente esa noche de junio Antonio los vio pasar en el auto y rápidamente se subió a un taxi y los siguió. Pablo al poco andar supo que arriba del taxi venía su amigo de las Buitreras con el que compartió largas charlas durante las noches de invierno.
Pablo fue incapaz de realizar una maniobra para sortear esa situación, sabía muy bien por María que Antonio estaba tratando de restablecer el vínculo con ella y que las cosas ya no serían iguales.
Al llegar a calle Fotheringham se estacionó y más adelante el taxi que lo traía a su amigo que ni bien bajo sacó la 9 milímetros reglamentaria y se fue derecho a su ventanilla.
María estaba atónita, inmóvil, paralizada de pie a cabeza y sin habla, quizás porque a esa altura de los acontecimientos ya no quedaban palabras o no habían palabras posibles.
Antonio al ver y confirmar que era Pablo y María descubrió su punto de quiebre, ese lugar sin retorno donde ya no existe la conciencia ni el presente ni el futuro. Sólo atinó a decir ‘no me lo esperaba de vos’, aunque no se supo a quién le habló porque su mirada estaba extraviada entre tanta ira. Después  ejecutó de 14 tiros a Pablo cuyo cuerpo bailó sobre el asiento con cada uno de los proyectiles que le perforaron la zona izquierda del cuerpo entre el hombro y el tórax. María resultó milagrosamente ilesa a la vista de cualquiera pero las heridas letales quedaron dentro.
Cuando la 9 milímetros quedó vacía Antonio la arrojó al piso, se sentó en el cordón de la vereda y llamó a un amigo para avisarle del trágico desenlace. Mientras lo detenían supo que había matado para morir. María buscó refugio en donde todo comenzó, allá en Las Lajas, donde para suerte y desgracia su belleza atrajo hasta el final a dos hombres. 


Ficción basada en un hecho real. Los nombres de los personajes reales fueron cambiados.

lunes, 24 de junio de 2013

El “Giovani” murió en su ley

Eran las 4.30 de la madrugada del 24 de junio de 2013, el termómetro marcaba 3 grados bajo cero en la capital neuquina. Elvio “Giovani” Llanquileo (28) un joven bandido rionegrino caminaban al asecho por el barrio Mariano Moreno ubicado en la zona este de la Ciudad.
El rigor del frío se hacía sentir por lo que “Giovani” andaba con un gorro de lana y llevaba una mochila con algunos elementos que lo ayudaban a acelerar cualquier tipo de robo como por ejemplo una barreta y una pinza.
En su torso, nadie lo sabía sólo él, cargaba como de costumbre dos armas de fuego gracias a una sobaquera doble que había conseguido. Una Magnum 357 para asuntos pesados y un Colt 38 que usaba en los asaltos rápidos.
Llanquileo gozaba con sendos antecedentes y a pesar de que lo capturaron en varias ocasiones se supo escapar de las cárceles rionegrinas, con y sin ayuda, en seis oportunidades.
El “Giovani” es lo que se conoce como un tipo de avería, es más a él le gustaba presumir de ello por eso llevaba en la billetera la última citación judicial que recibió por una tentativa de homicidio contra un policía en Roca. Toda esa historia que cargaba encima le daba chapa de “pesado”. Pero nunca imaginó que esa madrugada del 24 de junio sus tropelías llegarían al final.
De puro aprovechador de circunstancias se animó a robar un Fiat 147. Cuando estaban en plena faena los sorprendió una patrulla policial. “Giovani” que era ligero pensó en forma errada, tal vez por el frío, y terminó saltando la reja de una vivienda para quedar cercado por dos uniformados.
Fiel a su estilo, el astuto delincuente quiso engrupir a los policías haciéndoles creer que esa era su casa y que había olvidado las llaves. El verso no prosperó y la suerte parecía echada, Llanquileo sería detenido.
La idea de las rejas como la de un trabajo honrado y sacrificado nunca germinaron en su ser por lo que su genética lo obligó a una última reacción. Metió la mano derecha en la campera y empuñó la Magnum porque la usaba en situaciones extremas y esta lo era.
Giró rápidamente sobre su eje al grito de "no me tiro nada policías hijos de puta" y abrió fuego.
Alcanzó a ejecutar cuatro disparos, dos impactaron en el chaleco antibalas del policía, uno rozó la mano del agente y otro le perforó la ingle. Pero mientras gatillaba “Giovani” también recibió lo suyo. Fueron seis proyectiles que le perforaron el tórax.
Antes de morir pensó en la maldita costumbre de los policías de usar chalecos antibalas, ya que un año atrás en Roca fue detenido después de un tiroteo en el que un policía rionegrino se salvó por el mismo motivo.
“Giovani”, delincuente afamado en la zona, murió en su ley con tan sólo 28 años. Nunca se preocupó en forjarse un camino alternativo, la violencia estaba en su ADN y nunca renegó de ella. Dicen algunos que antes de morir no se quejó, ni siquiera del frío aunque su cuerpo terminó en estado fetal al igual que cuando vino al mundo.