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lunes, 17 de diciembre de 2018

Cuento: Puto cauto


Lo peor que me puede pasar una tarde de sábado es que se haya suspendido el partido de paddle que suelo jugar con amigos, pero las características de día trágico aumentaron aun más cuando mi pareja me pidió que lo acompañara al supermercado, lugar que detesto por ideología y que utilizó cuando ya no queda otra alternativa.

- Zurdito acompáñame –me ruega socarronamente con esa voz amorfa que es un intermedio entre lo fingido y lo indefinido.
- Bueno, pero trata de ir como una persona normal, le advierto mientras me doy cuenta que todavía no termino de aceptar del todo mi reciente homosexualidad.

Mientras trato de darle forma a la maraña de pelos que cubren mi cabeza, pienso frente al espejo, con los dos ojos clavados en uno, en él.
Walter, es un lindo tipo y para tener treinta años tiene firmeza corporal y una libido tan irresistible que es casi imposible no caer en su sexo. Pero su histrionismo es alevoso, para mi gusto, por lo que su modo de expresión, de caminar y de hacer las cosas lo ubican en una categoría intermedia entre el gay y el trava, y eso me jode. Él es uno de esos personajes que mis amigos tildarían de “puto de mierda”.

Es duro que este pensando esto, balbucea mi reflejo desde el botiquín mientras cepillo mi dentadura que por ahora resiste al paso del tiempo. Quizás  sea una actitud envidiosa porque él es más puto. Digo, más puto que yo. Puto con mayúsculas, de esos que se bancan lo que son porque ya lo han asumido y viven a pleno con sus hormonas.

A mí, mi pasado medio que me condena. De cuna católica y mujeriego de adolescente, trato de manejar la situación lo más que puedo por eso suelo evitar exponerme públicamente y todo eso que él me recrimina como si no entendiera. Yo, revuelto en mi, todavía sufro el haber perdido algunos amigos de toda la vida y será por eso que ahora soy un puto cauto.
Mi familia no lo sabe y mi hija no entendería eso de que a papá se lo cogen. Por esto, caos y situación de mierda se han convertido es estados latentes de la ficción en la que resido.

- Estoy saliendo con alguien- así empezó mi última conversación con uno de mis mejores amigos. Él me miró expectantes sin saber lo que venía.
- Pero no es una mina, es un tipo, se llama Walter – le tiré sin anestesia pero anestesiando por completo su cerebro que sólo atinó a implosionar.
- De qué carajo estas hablando?
- Soy gay Paco.
Su rostro se demacró, la amistad tambaleó y al final los 17 años compartidos terminaron desarmados en el suelo y nos despedidos como si fuésemos dos perfectos desconocidos. Miedo y asco, es el rostro que me ha quedado guardado y con el cual recuerdo a ese tipo que supo ser mi medio hermano.

Sí ya lo dije, puto cauto, así me autodenominé a partir de ese entonces.

Agujas rectas me delatan que Walter ya viene tarde pero dos cortas bocinas me llevan a apurar las zapatillas.
Salgo, cierro y subo al coqueto auto que siempre huele tan bien.

- La puta que te parió no me gusta que me toques bocina, tanto te cuesta mover el orto del asiento. No podes hacer como la gente normal que toca timbre. No soy una puta.
- No ya sé, sos un puto.
- Ándate un poquito a la mierda, le digo indignado mientras veo su atuendo, es reputo y me amargo aún más.

La tarde pinta terrible, hace mucho calor y con Walter al lado mi anonimato supermercadista peligra demasiando entre tantos consumidores.

Las góndolas se convierten en escudos que me ayudan a disimular y por un momento improviso un juego de escondidas del que sólo yo participo.
- Vida llevo estas arvejas- me dice Walter jugando con esa voz de trola mientras zarandea una lata entre medio de sujetos que no pueden esconder su repugnancia pero que él no registra.
Le contesto algo así como que haga lo que quiera, mientras huyo entre las góndolas que a esta altura son mis únicas aliadas.
Mis acciones evasivas fracasan por completo cuando un par de pasillos después me topo con un Walter que maneja en forma zigzagueante y con total impunidad el carrito de comestibles.
La escena era tan grotesca como real, por lo que tuve un brote de risa que no pude ocultar y que él acaricio sutilmente, por lo que sentí hasta culpa de la vergüenza que me genera salir a la calle con él.

Así, con total naturalidad ama y mata. Ese es Walter, el tipo no es un puto común, es un puto desafiante, descarado y enfrenta, sumido en una total anarquía, a los miles de ojos hipócritas que lo ven transitar.
Envidia dije, sí, envidia de eso, de eso que a mí no me sale.

Estaba en éxtasis, lejos muy lejos, cuando su boca floja y su lengua suelta me hicieron precipitarme sobre la realidad. En una jugada inexplicable, mi chico me dejó desnudo de palabras frente a dos amigas suya a las cuales me presentó como su pareja homosexual.
Estaba despavorido, en off y por reflejo sólo atiné a darles un beso y seguir mi camino, que no sé cuál carajo es.
Walter entendió ahí que algo no estaba bien, sé que a él le jodio, me lo dijo tiempo después, y yo creí que él había advertido que se había ido a la mierda con esa estúpida e innecesaria presentación.
Mientras miraba aderezos, en mi cabeza retumbaba la idea de que esas dos minas sabían que yo era puto.
Walter trató de enmendarse con una disculpa, pero yo había aprendido de los precipicios a hacer vacíos y me blindé en cuerpo y espíritu.
El resto de la Híper travesía, sobrevino sin mayores particularidades. Los dos caminamos separados sin cruzar palabras. Eso estuvo bien.

La tarde terminó cuando baje del auto, que para ese entonces apestaba de gritos, puteadas, reclamos y demás.
Walter y yo terminamos.

- Vos todavía no estas listo para ser puto, me dijo recurriendo a su voz original que es sostenida y sensual.
Con un portazo lo termine de mandar a la mierda y me acuartele entre mis paredes.

Esa noche, quizás por despecho, recurrí a una amiga con beneficios y entre copa y copa mi boca avanzó sobre su sexo ensordecedor e implacable. 
Y mientras disfrutaba cogiéndome a una mujer recordé a Walter.



Publicado en 2006 en la revista Serendipia (Mendoza) 
dirigida por Alejandro Frías.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Cuento: El beso de la puta


Antes de morir mi abuelo me pidió que me sentara al lado suyo en la cama. Presumí que me quería contar algo importante.
Su mano arrugadísima estaba fría por lo que la envolví entre las mías para darle calor, fue en ese momento donde una revelación suya me atravesó.
“Siempre amé a una puta que me besó”, dijo con apenas un hilo de voz.
En ese momento quedé impactado. Luego entendí que no todos se quieren llevar a la tumba sus secretos y que un nieto es mejor confidente que un hijo. Porque el nieto no juzga y hasta se divierte con las andanzas del nono.
El beso de la puta me recordó, con el paso de las horas, el cuento de Martín Kohan, Erik Grieg, que es el personaje con el que va a tener sexo la Ema Zunz de Borges.
La voz de mi abuelo era cansina y su respiración muy áspera. Algunos detalles, creo que mi moribundo abuelo los omitió por economía de vida, literalmente.
Todo se remontó a los años 50 cuando él gozaba de unos fuertes y firmes 30 y tantos y mi viejo arrancaba con su pubertad enterándose de todo con los amigos del barrio, jugando a la pelota y robando frutas en las fincas de las afueras. Una adolescencia sin pantallas, donde la radio desarrollaba la imaginación con sus radioteatros de la tarde que convocaban a toda la familia.
En fin, mi abuela ya había parido cinco hijos y estaba sola con una casa invadida por niños y las duras tareas hogareñas. Cocinar para una tropa, lavar los pañales, planchar, regar, limpiar la casa, hacer las camas, las compras y así un montón más de tareas que conformaban una rutina terrible.
En esa práctica cotidiana, el sexo podía ocurrir cada dos meses con suerte y no era de común acuerdo. Mi abuela entendía que la necesidad de mi abuelo era inminente cuando sus manos desafiaban a las suyas. Además, las excusas de doña María se habían acabado: dolor de cabeza, sueño, cansancio, acostarse y dormirse rápido era otra de sus estrategias. Algunos de estos detalles no me los contó pero ocurrieron.
En uno de esos tantos días que volvía del trabajo en bicicleta, mi abuelo vio un piringundín por una de las calles laterales a la avenida principal, donde no abundaba las luminarias y solo unos foquitos alumbraban el ingreso de unas pocas viviendas de la cuadra.
Justo el foquito rojo era la clave visual para identificar ese barsucho devenido en prostíbulo o casa de citas, como se los enmascaraba. Todo era clandestino en ese entonces tal como pasa ahora.
Hábil con la bici, clavó la alpargata en la rueda trasera para reducir la velocidad y miró y lo miraron. La mujer que estaba en la puerta tenía una bata, era una tela brillosa parecida a la seda, su pelo castaño claro tenía leves ondulaciones, tez blanca, boca carmín y curvas interesantes.
Mi abuelo dejó de mirar porque la mujer lo intimidó. Me explicó que su única mujer había sido mi abuela, yo entendí lo que quiso decir, que amó siempre a la María, pero me resisto a creer que no estuvo en otros brazos.
Lo cierto es que un día al salir del laburo, casi llegando al piringundín se bajó de la bici y pasó caminando por la vereda. La mujer irresistible no estaba en la puerta, había otra que era mucho más rellena. El nono se armó de coraje y preguntó.
Se llamaba Beatríz la puta que él buscaba y su tarifa no la podía sacar del bolsillo como si nada porque era un cuarto de su salario mensual que de por sí no alcanzaba.
Durante tres meses pasó con el anhelo de que  Beatriz estuviera parada en la puerta y así cruzó miradas en más de una ocasión. Es de suponer que hubo cierta complicidad entre ambos porque sabían, con la certeza de un reloj suizo, a la hora que se verían y ella estaba en el umbral y él pasaba con la alpargata frenando la rueda trasera de la bici. Sólo a Fellini se le hubiera cruzado por la cabeza semejante escena.
Una respiración profunda y un parpadeo pusieron en jaque el final de la historia.
-            ¡Abuelo!, dijie, y puse la mano en su pecho y su corazón galopaba como el de los chicos en las ecografías. Me estremecí. Al borde de los 85 años ese corazón había soportado de todo, hasta mi desahuciado llamado de hace unos segundos,  pero no podía dejar de latir sin contarme qué fue de Beatriz.
Respiró, respiró, bebió unos sorbos de agua que le dí en una cucharita y continuó su relato.
¡Cuánto empeño le ponemos a la vida, es increíble! El solo hecho de saber que no hay más nada, solo muerte, nos obliga a aferrarnos con todo nuestro ser que está condenado a dejar de ser.
La cosa es que el nono continuó, lento y susurrante, con la historia de su puta amada.
Al tercer mes y a escondidas de mi abuela, él ya había juntado cada uno de los billetes necesarios para estar con Beatriz. Pero como no conocía mucho del comercio de los cuerpos, no se animaba a encarar.
Encima, como no quería que nadie se enterara, ni siquiera le contó a su mejor amigo como para que le diera un consejo o al menos una sugerencia. Así que, ahí andaba el nono con la cabeza en cualquier lado tratando de inventarse una escusa o descubrir su arrojo para poder estar un turno con una puta.
Finalmente lo logró, una noche después de tomarse un par de vasos de vino con la comida, anunció que salía a dar una vuelta para bajar la comida, algo que estaba fuera de su rutina.
Mi abuela intuyó que estaba preocupado por algo pero no le preguntó, es decir antes no se acostumbraba. Antes el hombre resolvía el trabajo y la mujer la casa y la crianza.
Moribundo y todo, me contó, tendido en la cama en la que había dormido desde que se casó con mi abuela, cómo había sido esa noche.
Entre las ganas de ver y estar con Beatriz y la vergüenza y culpa de engañar a mi abuela, la cabeza le zapateó hasta que llegó al piringundín del foquito rojo.
El vino había hecho efecto y el coraje y el deseo se apropiaron de él ni bien puso un pie en el prostíbulo. Era una casa tipo conventillo con una recepción con varias sillas, que esa noche para suerte de mi nono estaban vacías, y un pasillo con varias habitaciones y un baño al fondo.
La mujer rellena le salió al encuentro y antes de que saludara o preguntara algo, mi abuelo lanzó desde el fondo de sus entrañas “Beatriz”.
La mujer sonrió, algo nervioso lo debe haber notado supongo, y volvió a saludarlo y cuando mi abuelo devolvió el saludo siguió la charla que incluyó un precio, un pago y un dato clave: habitación 3.
En ese momento que ya se había concretado el acto de comercio, mi abuelo miró el pasillo que parecía tan infinito como borroso.
Veintitrés, dijo en un susurro mi abuelo. La pausa duró un par de bocanadas de aire y luego aclaró que esa fue la cantidad de pasos que dio para llegar a la habitación donde estaba Beatriz.
Jamás me hubiera imaginado semejante calculo, aunque muchas veces me pregunté qué piensa un jugador que va caminado hacia la pelota en medio de una definición de penales. Bueno, ahora supongo que además de las escenas extremas de gloria y derrota, también pueden contar los pasos.
Cierto es que su voz susurrante no habló como macho cabrío dando detalles del sexo sino que la describió con amor. Recordó su aroma a jabón de coco, piel suave, voz segura al igual que sus acciones.
Cuando mi abuelo terminó de abrocharse el pantalón, Beatriz lo atropelló con su cuerpo y le dio un beso en la boca que le fue correspondido con la misma pasión.
No se dijeron nada, solo se miraron y mi abuelo salió de la habitación 3 y caminó 23 pasos hasta la salida del piringundín.
Al día siguiente al volver del trabajo, Beatriz no estaba en el umbral. Tampoco lo estuvo los días que le siguieron. Mi abuelo pensó que estaba con algún cliente o que le daba vergüenza asomarse por lo del beso.
En fin, durante los tres meses que siguieron no la volvió a ver pero ahorró religiosamente cada moneda para regresar con Beatriz.
Nuevamente la misma escena, mi abuelo cena, avisa que sale a caminar rompiendo su rutina y mi abuela que no dice nada.
Al llegar al piringundín, un poco más sobrio que la primera vez y menos nervioso, saluda a la mujer rellena que le sale al encuentro y pide estar con Beatriz.
- Se fue al otro día que te vio galán, le dijo la mujer con una sonrisa.
- ¿Por qué? ¿Dónde?, lanzó rápidamente el nono que estaba en shock.
- En este rubro mi vida no preguntamos esas cosas. Así como un día llegó, otro se fue. Corta la historia. ¿Vas a querer a otra chica?
- No, no. Está bien, disculpe. Dijo con respeto mi abuelo y salió.
No alcanzó a caminar 10 metros que la mujer rellena salió a la calle y le gritó.
- ¡Eh Galán! Por si te sirve de algo, solo dijo que se había enamorado - le confió la mujer, que sonrió y volvió adentro.
Mi abuelo me miró con sus ojos profundos, me sonrió con un amor eterno y a los pocos segundos sentí que había muerto. Solo atiné a buscar su pulso en vano y lloré en silencio. Decidí quedarme un rato ahí entre el amor y la muerte.

Agosto 2018 
(Gracias Pablo Montanaro por echarle un ojo y la confianza).


domingo, 7 de junio de 2015

Macabras ideas de domingo


Una apuesta a la nada, por nada me dejaron al borde de un precipicio que tienta más que tres corazones indefensos latiendo.
Una redonda que urge su efecto. Por dentro, un relato salvaje que choca con sus autos, golpes y puñales en toda esta cascara pero que no se anima a salir con su furia implacable.
Siempre las culpas están ahí, siempre buscan una nueva, reinventan otra, resucitan otras milenarias y todas las cargan a la misma cuenta.
Esos ojos claros, ciegos, egoístas, que juzgan todo, dan tanta bronca.
La cuerda en el árbol es una tentación, solo basta arrastrar la escalera y subir por el filo de esos escalones que agotan la vida con cada paso. La soga está húmeda y tan fría como los visitantes de las morgue. Lleva un par de horas alcanzar el rigor mortis, pienso mientras cerco mi cuello.
Atrás habrán quedado los despertadores, las corridas, los títulos, las comas, los adelantos y la sonrisa fingida. El cigarrillo prestado que fumo en busca de una bocanada de aire. También habrán de quedar colgadas todas las culpas, la ausencia interminable hecha jirones y todas las posibilidades infinitas que nunca mostró el GPS.
Este aire que llega a mis pulmones como un bálsamo no imagina que está siendo el último.
Los escalones se vencen, el cuerpo cae en seco y la cuerda se desarma para que este cuerpo que debería estar flotando sin aliento a centímetros del suelo, ahora esté embarrado, aliviado, fracasado y sin otra alternativa más que encender un cigarrillo acompañado por un silencio y una nada que estremecen.

sábado, 30 de agosto de 2014

La tregua


De nuevo la fiebre y la tos invaden todo mi ser. Esta suerte de infierno zarandeante no me deja descansar. El esqueleto completo clama por una tregua que no llega.
Ahogado, mareado y somnoliento, respiro poco pero alcanza. Es como si el aire llegara a cuenta gotas a los pulmones. Sólo sirve para mantenerme postrado.
Caminar se transforma en una aventura digna de una novela de Julio Verne.
Cuando llego al baño, después de mucho esfuerzo, el espejo es un tormento. Refleja un rostro pálido y huesudo propio de un prospero cadáver.
De adentro salen despojos de flema, sangre y vida, y vida que se escupe con dolor, con ese inmenso dolor de saber que próximamente seremos olvido.
La vida es algo que transcurre por mi ventana. Allá afuera se sienten las caricias del sol, la brisa matinal y el viento vespertino. Ese pájaro, de patas y pico naranja, que no sé cómo se llama, canta pero afuera.
Adentro todo es silencio, huele a flores marchitas, a final de velatorio cuando hay que volver todos los muebles a su lugar y vaciar los floreros.
Por suerte, todavía la suerte existe aun en este estado, pastillas de colores y un jarabe amargo ofrecen una tregua y el cuerpo se desvanece.
Ahora, las sabanas parecen de plomo y mi cuerpo se vuelve más liviano dispuesto a emprender un vuelo eterno.

miércoles, 27 de agosto de 2014

De pestes y fármacos

Acabo de apagar el nebulizador y el horrendo sonido concluyó. Ahora sólo son las teclas.
Estoy enfermo pero en todo el sentido. Tengo una bronquitis asmática desde hace 10 días. Estoy con antibióticos, corticoides y nebulizaciones. Por si no lo dije, desde hace 10 días.
Para dormir, como se me cierra el pecho y cuesta respirar, debo hacerlo sentado en la cama....monstruoso. Pero para que todo tenga una dificultad mayor se suma otra cosa, como no tengo que agitarme ni desesperarme y en una persona ansiosa como yo todo eso es muy posible que
pase, es más pasa, me tengo que tomar un par de gotas de ribotril para bajar un cambio. Por lo que dormir se convierte en una aventura digna de un sueño...ah por cierto sufro de insomnio.
Esto parece joda, digo, todo contado así con total desparpajo como si le ocurriera a otro. Pero no, me ocurre a mí y aquí estoy tomando un té de hiervas naturales que se mezclan con cuanto fármaco anda dando vuelta por la casa.
Lo único que quiero es respirar, tranquilo, sostenido, sin ahogarme en medio de una tos seca que violenta todo mi ser. Las venas del cuello parecen entrar en transformación y con una vehemencia admirable y una fortaleza abdominal trato de expectorar, es decir intento escupir, un fluido denso que ni bien sale aparece otro que corta mi respiración y la rueda sigue así por varios minutos.
Esta violenta acción de toser termina dejando mi cabeza al borde del estallido y un mareo profundo me quita todo el equilibrio y necesito refugiarme en una silla o en la cama, sí, en la cama pero sentado, ¡qué estupidez!.
En fin, así voy transitando la peste más larga en mis 40 años que ya a esta altura no sé si voy a poder superar. Debo admitir, más allá del tono simpático o sarcástico, que ando con miedo, con miedo de ese que te llena la cabeza de preguntas y te plantea escenarios catastróficos. En fin...nada que la muerte no vaya a concluir de una vez y para siempre.

Que descanses...yo no lo haré!!!

lunes, 9 de septiembre de 2013

Desesperación

Desesperado, insomne, el puf no funciona y cuesta respirar pero el pecho está bien, el problema es la cabeza sobre la que se ciernen espantos en jirones de verdad y realidad. 
El ron arrasa la garganta pero no aleja esas figuras firmes, perennes que me rodean.
Me digo que es la crisis de los 40, más de la mitad de mi vida ha transcurrido y si bien respiro con eso no basta. ¡Basta! es lo que me digo y la televisión me atropella con más de 70 canales de nada, de esa nada que no me abandona.
Y la muerte que insiste con entrometerse con su ritual sádico que sumerge en un laberinto minado de olvido y nada.
Me resisto y pienso en esa frase que dice que “la vida está siempre abierta a las posibilidades. La muerte es la imposibilidad de las posibilidades”. Ayuda pero nada.
La taquicardia se hace sentir, la respiración se acelera y la cabeza parece estar montada arriba de un formula 1 carente de frenos. ¿Por qué tanta furia?
Tengo una jauría adentro y cientos de seres que me señalan. Ensayo un pacto paranoide: bajen sus dedos y dejo de ladrar. Pero sus dedos montan en cólera y se abalanzan sobre mí para desmembrarme.

No hay escapatoria, el sueño llegará por inducción. Una redonda me hace sucumbir en las sábanas. La noche me ha atrapado.

lunes, 8 de julio de 2013

Matar para morir

“Poseer un arma de fuego da poder y ese poder puesto en las manos equivocadas es un peligro contra sí mismo y contra terceros”, me explicó un psiquiatra a meses de que terminara el anterior milenio cuando indagaba sobre la carencia de seguimiento psicológico que reciben los policías.
Por ese entonces en la radio de la Universidad Nacional de Cuyo con un grupo de amigos sacamos al aire un programa que osó llamarse “gente despierta”. Iba los viernes a la noche y era una mesa redonda donde desglosábamos distintas temáticas, todavía conservo los caset de esos programas.
La noche que tratamos el tema del amor, recuerdo, entrevistamos a distintas personas calificadas entre ellas al director del hospital El Sauce, predio que se encuentra perdido en Bermejo, Mendoza. Es una suerte de loquero de puertas abiertas.
Mientras esperaba ser atendido se acercó un loco que me pidió un cigarrillo. Por ese entonces fumaba así que sin inconvenientes le tendí uno. El tipo lo tomó y lo miró detenidamente después de unos segundos que parecieron ser minutos lo arrojó al suelo y lo pisó sin haberlo encendido. Mi rostro mutó en desconcierto pero no esboce reclamo alguno.
El loco se me acercó nuevamente y me pidió otro cigarrillo justo en el mismo instante en que la secretaria me avisaba que entrara al despacho del director del hospital. Tuve un segundo para mirarlo y decirle ‘no fumo’ y el loco me dijo: ‘lo bien que hace’. Ese loco golpeó con lucidez todo mi ser.
El joven director me explicó que no se mata por amor sino por desamor. Además aclaró que no todos están en condiciones de matar por más que encuentren al ser amado con otro en la cama sino que se tiene que producir lo que ellos denominan “punto de quiebre”, superado ese umbral todo está dentro de lo posible. Desde un caso como el de Barreda que asesinó a sus hijas, esposa y suegra hasta el crimen de una fría noche de jueves en junio de 2013 en Neuquén.
Antonio, Pablo y María se habían criado en Las Lajas, un pueblo alejado de la capital neuquina a unos 250 kilómetros.
Ella vivía en el casco principal del pueblo y ellos en el humilde paraje de Las Buitreras. No es pura ficción imaginar que estos amigos veían a María caminar en el pueblo y sus cuerpos se suspendían en el aire y en el tiempo imaginando una vida con ella.
La carencia de oportunidades en la localidad les dejó una puerta abierta para tratar de vencer a su suerte que parecía estar echada, hacerse policías. Ingresar a la policía les ofrecía la posibilidad de un sueldo seguro a fin de mes, una obra social, la posibilidad de hacer carrera, un arma, prestigio en el pueblo y poder porque no hay ninguna otra cosa en el mundo que los hombres deseen más que el poder.
En las Buitreras los inviernos no eran fríos eran cruentos hacían doler los huesos pero para ellos no habrá invierno más frío que el último vivido en la capital neuquina.
El desembarco en la ciudad se produjo producto de la falta de policías que tiene la provincia, entonces a la mayoría de los muchachos del interior los sacan de sus poblados para tratar de cubrir las necesidades de la urbe más poblada de toda la Patagonia. Algunos seguramente recuerden la teoría de la sábana corta.
Lo cierto es que ambos siguieron su camino dentro de la policía, Antonio trabajó en las comisarías y Pablo en el servicio penitenciarios.
Fue justamente Antonio quien con las vueltas de la vida terminó entreverado con María que ya tenía una hija y una separación encima. Él siempre de alguna forma la había amado por lo que la aceptó así y juntos emprendieron la aventura de convivir y hasta tuvieron un hijo.
Pero alguien dijo alguna vez que nada es para siempre y que todo pasa incluso lo bueno. Tal cual, los buenos tiempos cambiaron y la relación se tensó a tal punto que María buscó oxigeno y se quedó viviendo en una habitación de un inquilinato mientras Antonio encontraba refugio en la casa de nuevos amigos.
Certezas de cómo fue que se encontraron Pablo y María no hay, destino dicen algunos, otros hablan de miradas del pasado que nunca se animaron a ir más allá. Cierto es que tuvieron unos encuentros en los que nunca pensaron que la muerte asechaba a sus espaladas.
Justamente esa noche de junio Antonio los vio pasar en el auto y rápidamente se subió a un taxi y los siguió. Pablo al poco andar supo que arriba del taxi venía su amigo de las Buitreras con el que compartió largas charlas durante las noches de invierno.
Pablo fue incapaz de realizar una maniobra para sortear esa situación, sabía muy bien por María que Antonio estaba tratando de restablecer el vínculo con ella y que las cosas ya no serían iguales.
Al llegar a calle Fotheringham se estacionó y más adelante el taxi que lo traía a su amigo que ni bien bajo sacó la 9 milímetros reglamentaria y se fue derecho a su ventanilla.
María estaba atónita, inmóvil, paralizada de pie a cabeza y sin habla, quizás porque a esa altura de los acontecimientos ya no quedaban palabras o no habían palabras posibles.
Antonio al ver y confirmar que era Pablo y María descubrió su punto de quiebre, ese lugar sin retorno donde ya no existe la conciencia ni el presente ni el futuro. Sólo atinó a decir ‘no me lo esperaba de vos’, aunque no se supo a quién le habló porque su mirada estaba extraviada entre tanta ira. Después  ejecutó de 14 tiros a Pablo cuyo cuerpo bailó sobre el asiento con cada uno de los proyectiles que le perforaron la zona izquierda del cuerpo entre el hombro y el tórax. María resultó milagrosamente ilesa a la vista de cualquiera pero las heridas letales quedaron dentro.
Cuando la 9 milímetros quedó vacía Antonio la arrojó al piso, se sentó en el cordón de la vereda y llamó a un amigo para avisarle del trágico desenlace. Mientras lo detenían supo que había matado para morir. María buscó refugio en donde todo comenzó, allá en Las Lajas, donde para suerte y desgracia su belleza atrajo hasta el final a dos hombres. 


Ficción basada en un hecho real. Los nombres de los personajes reales fueron cambiados.

lunes, 24 de junio de 2013

El “Giovani” murió en su ley

Eran las 4.30 de la madrugada del 24 de junio de 2013, el termómetro marcaba 3 grados bajo cero en la capital neuquina. Elvio “Giovani” Llanquileo (28) un joven bandido rionegrino caminaban al asecho por el barrio Mariano Moreno ubicado en la zona este de la Ciudad.
El rigor del frío se hacía sentir por lo que “Giovani” andaba con un gorro de lana y llevaba una mochila con algunos elementos que lo ayudaban a acelerar cualquier tipo de robo como por ejemplo una barreta y una pinza.
En su torso, nadie lo sabía sólo él, cargaba como de costumbre dos armas de fuego gracias a una sobaquera doble que había conseguido. Una Magnum 357 para asuntos pesados y un Colt 38 que usaba en los asaltos rápidos.
Llanquileo gozaba con sendos antecedentes y a pesar de que lo capturaron en varias ocasiones se supo escapar de las cárceles rionegrinas, con y sin ayuda, en seis oportunidades.
El “Giovani” es lo que se conoce como un tipo de avería, es más a él le gustaba presumir de ello por eso llevaba en la billetera la última citación judicial que recibió por una tentativa de homicidio contra un policía en Roca. Toda esa historia que cargaba encima le daba chapa de “pesado”. Pero nunca imaginó que esa madrugada del 24 de junio sus tropelías llegarían al final.
De puro aprovechador de circunstancias se animó a robar un Fiat 147. Cuando estaban en plena faena los sorprendió una patrulla policial. “Giovani” que era ligero pensó en forma errada, tal vez por el frío, y terminó saltando la reja de una vivienda para quedar cercado por dos uniformados.
Fiel a su estilo, el astuto delincuente quiso engrupir a los policías haciéndoles creer que esa era su casa y que había olvidado las llaves. El verso no prosperó y la suerte parecía echada, Llanquileo sería detenido.
La idea de las rejas como la de un trabajo honrado y sacrificado nunca germinaron en su ser por lo que su genética lo obligó a una última reacción. Metió la mano derecha en la campera y empuñó la Magnum porque la usaba en situaciones extremas y esta lo era.
Giró rápidamente sobre su eje al grito de "no me tiro nada policías hijos de puta" y abrió fuego.
Alcanzó a ejecutar cuatro disparos, dos impactaron en el chaleco antibalas del policía, uno rozó la mano del agente y otro le perforó la ingle. Pero mientras gatillaba “Giovani” también recibió lo suyo. Fueron seis proyectiles que le perforaron el tórax.
Antes de morir pensó en la maldita costumbre de los policías de usar chalecos antibalas, ya que un año atrás en Roca fue detenido después de un tiroteo en el que un policía rionegrino se salvó por el mismo motivo.
“Giovani”, delincuente afamado en la zona, murió en su ley con tan sólo 28 años. Nunca se preocupó en forjarse un camino alternativo, la violencia estaba en su ADN y nunca renegó de ella. Dicen algunos que antes de morir no se quejó, ni siquiera del frío aunque su cuerpo terminó en estado fetal al igual que cuando vino al mundo.

martes, 14 de febrero de 2012

Vieja casa


La tv reproduce imágenes absurdas que hacen eco a lo largo de esa galería que soportó tantas pisadas ahora añejas y sórdidas.
Las habitaciones guardan en silencio recuerdos de risas, llantos y raudas peleas adolescentes.
En el patio ya no crece nada y sobre sus desteñidas baldosas permanecen inmortales los tarros con malvones que no acusan recibo del paso del tiempo.
Impávida frente al televisor una mujer de ojos profundos mira sin ver. Otras imágenes se suceden por su mente, éstas son sepia contienen niños y energías hoy ausentes y distantes.
El silencio gobierna en la vieja casa donde nunca se lo conoció. Por una ventana la parca se asoma y el trance final se presiente. 

viernes, 3 de febrero de 2012

Palabras


Tengo palabras en la punta de la lengua que por olvido o timidez no se animan a salir.
Hay otras que están atravesadas en la garganta y que verán la luz en medio de un vendaval.
Por último me quedan palabras clavadas en el pecho que prometen salir con todo para arrasar con todos.
Por ahora las almaceno, las reprimo y las contengo.
Palabras, palabras, palabras…para tener, temer y retener.

jueves, 2 de febrero de 2012

Nunca lo supo

Nunca se lo propuso, no lo calculó pero cuando quiso acordar su vida no eras más que un montaje de escenas sin sentido. Los años lo convirtieron en un ser gris, nostálgico y solitario. Con el pasado cernido sobre él, una Colt 38 Special abrió un Aleph en su cabeza. Él nunca lo supo.

lunes, 17 de enero de 2011

Pecado

Desarma la cama para dormir. Se sumerge entre las sábanas y se queda mirando el techo. El machimbre y el ventilador allá arriba parecen tan lejanos como el sueño. Insomne aguarda como vigía.
Hurga en la biblioteca y su dedo atraviesa los tomos de la historia Argentina, Borges, Soriano, Cortázar, Saramago, Dolina, la mitología de Robert Graves, la trilogía del Señor de los Anillos y la Saga de los Confines. Pero nada de eso funciona y retorna a las sábanas, a la almohada para depositar nuevamente sus ojos en el techo y sus pensamientos más allá.
La culpa taladra y repica en su cabeza, lo sume en la angustia y la desesperación.
Con los parpados desgarrados y los ojos en lava recuerda el pecado que no tuvo absolución. Teme por su suerte, su mala suerte, y vislumbra posibles e imposibles finales.
La muerte acecha. La hora se acerca.

jueves, 2 de diciembre de 2010

De gambetas y descubrimientos

Meses antes de tener mi primer ataque de asma, que me dejaría sin poder hacer actividad física por casi un año y medio, había tenido la suerte de jugar mi primer partido oficial de fútbol por el cual descubrí algunas cosas importantes que me sirvieron para el resto de la vida.
Rondaba 1980, tenía 6 años y cursaba primer grado en la escuela Martínez de Rosas que quedaba a tres cuadras de casa. Antes de enterarme de que tenía habilidad con la pelota había descubierto la condición social en la que estaba inmersa mi familia. Por ese entonces vivíamos en una pensión y mi viejo trabajaba de electricista y de cuanta cosa hiciera falta para sacar un mango.
En la escuela uno se entera de todo aunque nadie te lo diga, sencillamente uno comienza a ver y comparar y si tiene un poco de inteligencia entiende o no por qué las cosas son tan distintas.
La Martínez de Rosas, lo supe después, era una escuela pública muy distinguida a la que asistían hijos de funcionarios públicos y jueces aunque en esos años de dictadura poca injerencia tenían.
Es así que muchos de mis compañeros tenían cosas que yo ni siquiera imaginaba, como zapatillas Adidas, biblioteca con diccionarios, enciclopedias y libros de aventura además de una casa en la que sólo vivían con su familia.
Por ese entonces ya me había caído la ficha y como todo niño me había tirado a menos pero algo iba a cambiar a fines de ese año.
La profesora de educación física o gimnasia como se decía en esa época, no sé por qué extraños motivos organizó un partido de fútbol entre los dos primer grado.
El patio fue rodeado por todos los chicos de la escuela entre los cuales se encontraba Rosita, una compañera que siempre me gustó secretamente.
El armado del equipo estuvo a cargo de la profesora que hizo las veces de árbitro. Cuando entramos a la cancha el corazón me latió por primera vez en forma distinta. Estaba ahí en medio de todos siendo observado y lo mejor de todo alentado por el resto de mis compañeros y compañeras, hasta Rosita gritaba “Primero A, Primero A”.
Los del “B”, se creía en esa tierna edad, que eran terribles por el sólo hecho de estar después de la “A” por lo que suponíamos que nosotros éramos mejores. Entonces el partido era más que eso, se había transformado una puja universal entre el bien, que representaba mi curso el “A” y el mal que vendría siendo encarnado por los del “B”.
Ni bien se movió la pelota de punto central, creo que sacaron ellos, el griterío fue ensordecedor y agitó tanto los corazones que todos en la cancha corríamos sin ton ni son detrás de la pelota. Era un juego desordenado sin pausas y sin pases donde un puñado de pibes pateaba la pelota para un lado y otro puñado la devolvía en el sentido contrario.
Faltando un par de minutos para que concluyera el primer tiempo devino la catástrofe y el pánico universal. Gol de primero “B”. Media escuela se quedó muda y yo vi la cara de tristeza de nuestra hinchada y de Rosita.
En el entretiempo, que duró minuto y medio que fue lo que tardamos en dar vuelta de campo, un pibe de séptimo grado, o sea un chico grande de esos que se les tiene respeto y del cual nunca supe su nombre, me tomó por los hombros y me dijo: “zurdito agarrá la pelota vos y gambeteá. Dale que te vas a cansar de hacer goles”. Yo lo miré con miedo al principio, después con atención y por último con admiración porque ese pibe creía en mí a pesar de que yo vivía en una pensión y no tenía zapatillas Adidas ni nada de eso. La autoestima subió y presentí que algo podía llegar a cambiar al menos en la cancha.
Lo cierto es que a los pocos minutos de reanudado el partido el Yayo, compañero mío que jugaba de volante, robó una pelota en la mitad de la cancha y me la pasó de inmediato. Yo estaba parado un par de metros adelante de espaldas al arco contrario. Con la velocidad que me permitía mi menudo cuerpito giré y me puse de cara a la defensa. Dos pibes del “B” se me vinieron al humo por lo que amagué ir para la izquierda y salí para la derecha que era mi pierna menos hábil pero siempre mantuve la pelota pegada al pie y al piso. Ni bien los eludí levanté mi enrulada cabeza y advertí que ya estaba frente a un grandote que jugaba de defensa y que imponía respeto. En ese instante resolví hacerle frente a mi destino y encararlo sin miedo además no podía arrugar, estaba Rosita mirando así que ya estaba jugado.
Cuando el grandote se me vino encima le miré los pies y cuando apoyó el derecho a unos centímetros mío lo gambeteé para la izquierda dejándolo sin pierna para robarme la pelota. Ni bien lo esquivé supe que estaba de cara al arco y antes de que el grandote se recuperara saqué un zurdazo fuertísimo que entró pegado al palo derecho del arquero que cayó al piso tardíamente.
Por primera vez mi garganta estalló al grito de gol quemando todo mi ser por dentro y por fuera. Todavía tengo en la memoria esa escena de festejo enceguecido y sordo donde todos mis compañeros me abrazaban y Rosita saltaba con una sonrisa que la volvía más bella aún y que yo se la había regalado con un gol, mi primer gol oficial si se quiere.
El partido finalmente terminó empatado y hasta los chicos grandes de séptimo grado me vinieron a saludar con alegría. En ese momento a nadie le importaba el resto de las cosas que yo creía que me convertían en menos. Fue en ese instante que entendí que el fútbol nos une y nos iguala a todos más allá de la condición social y eso me dio mucha felicidad.
Ese día a la salida de la escuela me fui caminando con mis zapatillas, que eran unas botitas de gamuza que usa para todo, y recordando la jugada del gol con lujo de detalle al igual que la sonrisa de Rosita.
Después de ese partido nunca más volvimos a jugar contra el “B” pero cada vez que en el recreo jugábamos a la pelota el primero en ser elegido para el picado era yo: “el Guille para mí”, decían y se peleaban a veces mis compañeros.
El saberme un tanto hábil con la pelota fue todo un descubrimiento en mi vida aunque no hubo gambeta ni gol que lograran que yo conquistara a Rosita. Después aprendí que a las mujeres no les gusta el fútbol. En fin…

jueves, 22 de julio de 2010

Wilson: "Nunca imaginé terminar así"

Cuando descubrí a Wilson (ver nota), el muñeco pelota que simulaba ser un guardiacárcel apostado en una de las quince garitas de vigilancia de la Unidad Penal N° 11, nunca imaginé que iba a llegar tan amplia difusión internacional (ver nota).
Tras la divulgación de la noticia las autoridades penitenciarias lo relevaron de su puesto y lo confinaron a un armario. Molesto por esta situación Wilson salió a hablar y en una entrevista exclusiva me relató su verdad para que “a otros muñecos en el futuro no les pase lo mismo”.
El encuentro con Wilson se produjo al pie de una de las garitas de control de acuerdo a lo que habíamos pautado ya que como periodista también perseguía hacer algunas fotos sobre su labor e ilustrar la nota.
La entrevista tuvo momentos de mucha tensión porque Wilson no pudo evitar elevar su cabeza-pelota hacia lo alto de la torre de control y en varias ocasiones estuvo a punto de quebrarse por lo que rápidamente debimos cambiar el tema para que no se pinchara.
“Comencé a trabajar acá de un día para el otro”, inició su relato Wilson a quién también lo han confundido con un maniquí. “Habían llegado dos ciudadanos chilenos acusados de haber matado a un carabinero y como son pocos los guardiacárceles de la U11 me ofrecieron ir a la torre. Yo les expliqué a las autoridades que era una pelota que servía para entretener no para vigilar pero ellos me aseguraron que con una estructura y una gorra podría aparentar tranquilamente a la distancia ser un guardia. Ellos me dieron garantías y respaldo por lo que confié y acepté la tarea”, recordó la pelota que supo trabajar junto a Tom Hanks en la taquillera película Náufrago.

¿A qué torre te mandaron?
A la más alta de todas las garitas del penal que está en el sector oeste de la cárcel. A los pocos días de estar ahí, 24 horas permanente, trabajando subió un penitenciario que en una breve charla me confió por qué me habían puesto a mí.

¿Qué te contó el guardia?
Que cada vez que mandaban a un hombre a esta torre terminaba con parte de enfermo porque la garita no tiene vidrios así que se pasaban muchas horas al frío. Además los días de viento la torre se mueve muchísimo. De hecho en varias ocasiones temí que salirme de la estructura que me armaron pero por suerte el que me enganchó lo hizo bastante bien.
¿En algún momento los presos se dieron cuenta que eras un muñeco?
Por lo que me decían los guardias, no. Pasa que al ser la más alta de todas las garitas desde los patios del penal se ve como si fuera una sombra. Yo creo que no se dieron cuenta de haberlo hecho me hubiesen relevado enseguida.

¿Y qué te parece que vigilen la cárcel con una pelota que simule ser un guardia o que tan sólo genere una sombra?
No me parece, pero creo que yo no soy el más apropiado para responder esa pregunta para eso están las autoridades y principalmente las políticas que son las que definen los presupuestos. Yo solamente me limité a cumplir con mis obligaciones.

¿Cuánto tiempo llevabas en la torre?
Y… poco más de un año.

¿Cuándo se supo de tu existencia qué pasó internamente?
Ese día subió un guardia, que me acomodaba la gorra todos los días, y me dijo que un diario ya se había enterado de mí. Pero nunca imaginé que fuera a terminar así. Yo nunca pedí un franco ni el pago de horas extras ni vianda doble o abrigo alguno. Trabajaba de sol a sol.

Pero, ¿qué sucedió?
En menos de 24 horas me relevaron de mi puesto y me escondieron en un armario sin más. Yo no pedí estar en la torre y tampoco en el armario pero la policía es una institución verticalista y uno sólo se limita a obedecer, aunque sea una pelota.

¿Y ahora qué vas a hacer?
Y no sé. Creo que nada porque no hay organización de DDHH que defiendan a las pelotas. Por ahora voy a permanecer en el armario hasta que defininan mi nuevo destino. En definitiva yo esperaba otra cosa de la policía de Neuquén pero pincharon todos mis planes.


ACLARACIÓN: Esta entrevista imaginaria ha sido realizada con datos obtenidos de la realidad.

lunes, 12 de julio de 2010

El sótano

Caía la tarde y la decisión ya estaba tomada. No se podía seguir estirando lo inevitable. Era tiempo de pagar, de intentar recomponer el pasado, la historia.
Vio su rostro por última vez en el espejo y redescubrió sus ojos, que en lo profundo guardan infinitas imágenes. Se quedó frente al cristal, duro, inmóvil, hasta que tuvo fuerza como para exhalar y tras recuperar la respiración tomó la calle cuando la luna arremetía en medio de las penumbras.
Atravesó Dorrego hasta llegar al destacamento policial donde exigió hablar con el responsable, que no era otro que un comisario apolillado, mal dormido y hambriento. ¿Por qué la policía nunca está saciada y despierta?, se preguntó mientras miraba comisario que rebalsaba el sillón.
Sentado frente a ese sujeto amorfo y azul, la boca se le abrió y en catarata las palabras se zambulleron turbando el silencio de la noche y del pasado.
Todo comenzó a los ocho años. Yo vivía en una pensión muy parecida a un conventillo a una cuadra de la bodega Arizú. De hecho, esa calle homónima a la bodega, tenía cinco conventillos a lo largo de sus dos primeras cuadras.
Sabe, según me contó don Liberal, el quiosquero del barrio, los trabajadores golondrinas que arribaban a la provincia para la cosecha paraban en estas pensiones que le quedaba a unos pocas cuadras de las bodegas. No era extraño ver peruanos y chilenos principalmente caminando por el barrio. Los bolivianos, tradicionalmente siempre se fueron para la zona de Ugarteche porque ellos ya habían desarrollado su comunidad en ese distrito de Luján.
En fin, mi vieja gerenciaba el conventillo, mientras mi viejo alternaba las changas eléctricas con su trabajo de supervisor de una firma subcontratista de YPF, cuando era del Estado.
Que estuviéramos a cargo de la pensión nos traía en suerte el tener dos habitaciones unidas y la cocina, que para llegar tenía que cruzar el corto patio de la lavandería que estaba pegada a uno de los baños que se compartía con el resto de los inquilinos.
Por ahí vi pasar, mínimo, una decena de personajes que son muy dignos de una historia bien contada, pero yo no tengo esa capacidad. Después le brindaré más detalle de los inquilinos porque ellos en definitiva tuvieron algo que ver con esa muerte.
- Muerte dijo usted, preguntó intrigado y nervioso el comisario.
- Sí, pero déjeme continuar. Ya voy a llegar a eso.
Su boca se volvió a abrir y narró todo como si lo estuviera viviendo nuevamente pero las imágenes llegaban en sepia.
Era 1983 - retomó el relato - la democracia para mí no tenía mucho sentido. Era chico y lo único que me entretenía eran los recreos en la escuela, la Martínez de Rosas. Hacíamos pelotas con la bolsita de las tutucas y a veces nos dividíamos entre radicales y peronistas, sin saber ni entender qué era eso, para vitorear unos en detrimento de los otros. Cosas de chicos vio.
En la pensión mi vieja era radical, de esas de lista sabana y fidelidad partidaria absoluta, a tal punto que se iba al comité a buscar boletas y sobres para colaborar con la causa, y mientras veía las novelas ensobraba de memoria.
En la pieza grande, donde finalmente se produjo la muerte, dormía con mis dos hermanos. La habitación estaba separada por cortinas y un mueble. De un lado las tres camas nuestras y del otro una suerte de sala de estar chica pero acogedora.
En la mitad en que dormíamos había un sótano, al que yo en lo particular le tenía terror.
Allá abajo, siempre supe que hubo algo. Un pasaje a otro lugar, una puerta al infierno o quizás algo peor que eso.
Levantar la tapa del sótano era una movida bastante complicada, porque teníamos que correr las tres camas y las dos mesas de luz.
El único que bajaba era mi viejo, con el tiempo mi hermano mayor también bajó a ese oscuro hueco que estaba en la habitación. También con el tiempo mi hermano enloqueció. Se dice que ahí abajo el tuvo una aparición siniestra. A partir de ahí cambio para siempre. Se fue al seminario en Córdoba donde al parecer tuvo otra visión y huyo. Ahora, sé que vaga por el mundo, cada tanto llama de un país diferente. Nunca puede hablar con él para que me contara qué cosa se le presentó ahí abajo.
Yo al sótano bajé recién a los ocho años. Sabía que tarde o temprano lo haría pero nunca imagine lo prematuro del hecho. No obstante, yo ya había ingresado con mis amigos a la casa abandonada que estaba frente a la plaza Biritos. En esa obra en construcción habían matado a un hombre y entramos igual. Eso me dio chapa suficiente como para que una vecinita se interesara en mí. Usted ya vio como son las chicas cuando ven a un valiente, ni que hablar en ese entonces. Pero al sótano tenía que acceder sólo y sin amigos.
Sabe, yo era un niño y los niños no deben bajar a los sótanos pero éramos tan pobres. Papá, como le dije, trabajaba quince días en Malargüe y el asma de mamá no le permitía en algunas ocasiones hacer determinadas tareas entre ellas sacar la tapa del sótano y bajar. De todos modos, los niños no tienen que bajar a los sótanos. Los sótanos no son lugares buenos para los niños.
Recuerdo que cuando mamá me propuso la tarea yo fingí ser más valiente de lo que era...y soy.
Era de mañana, fue la última mañana. Yo no lo imaginaba.
El ritual fue muy prolijo, moví las camas, metí la mano en el borde y levante la tapa. La corrí con mucho esfuerzo porque era niño y los niños no tienen fuerza para correr las tapas de los sótanos.
El velador lo saqué de la mesita de luz y lo incliné hacia adentro de ese agujero en la tierra, que a esa altura se había convertido en un voraz hoyo que alimentaba mi espanto.
La luz, sólo generaba más sombras y las sombras aceleraban la imaginación que cesó de golpe cuando asenté mis dos pequeños pies en ese mundo subterráneo.
Al primer paso, le siguió un silencio prolongado y oscuro, hasta que el otro pie respondió, lo que me obligó a avanzar en ese abismo.
La revelación me llegó después de conocer que ese pozo debajo de mi habitación era una bodega donde se guardaba salsa casera, dulces, vino y embutidos.
Pero cuando todo comenzaba a tranquilizarme una voz estalló desde el rincón más oscuro y húmedo del sótano. Quedé tieso. No sé cómo no me desmaye. Permanecí de pie frente al terror. De pie, sobre esos pequeños pies que no podían ni siquiera huir.
Los esfuerzos por descubrir la procedencia de esa voz fueron inútiles, el juego de luces y sombras cubría a la perfección el rincón.
La voz era la de un chico casi de mi misma edad, en ese entonces, que con angustia me dijo: "liberame"
Yo me asuste, ¡va! ya estaba asustado. Pero me aterró el pedido. No comprendía nada, sólo tomé la botella de salsa y salí corriendo hasta la cocina. Mi vieja me preguntó qué me pasaba. No respondí, sólo imaginé lo blanco que estaba. A los pocos segundos caí en la cuenta de que la tapa del sótano estaba aún abierta, por lo que volví a la habitación.
Entre el espanto y la sorpresa descubrí que el pibe estaba sentado en mi cama. Sus facciones me eran conocidas pero estaba tan demacrado y húmedo que me costó identificarlo del todo.
“Estoy encerrado, amaniatado en la oscuridad. Apúrate, no sea que el ego te distraiga y los días se te vayan”, vociferó el pequeño pestilente generándome un fuerte dolor en el pecho.
Antes de volverse al sótano me miró, sin ojos que yo pudiera ver, y me advirtió: “Cuidado con los espejos y las formas, las letras y las normas. No te consumas en lo absurdo”.
El pibe se volvió a meter ahí abajo y yo cerré la tapa.
Durante muchos años no entendí pero ahora necesito que saquen el cadáver que debe estar ahí abajo.
- Esa es su urgencia, no la mía. Además, quién le dijo que el cadáver está ahí abajo - sentenció el comisario con una mueca socarrona y despectiva antes de desvanecerse con el alba.
Amanecido e insomne el tipo regresó a su blanca habitación y vio que sobre la mesa de luz yacían intactos el vaso de agua y las pastillas.