
Caía la tarde y la decisión ya estaba tomada. No se podía seguir estirando lo inevitable. Era tiempo de pagar, de intentar recomponer el pasado, la historia.
Vio su rostro por última vez en el espejo y redescubrió sus ojos, que en lo profundo guardan infinitas imágenes. Se quedó frente al cristal, duro, inmóvil, hasta que tuvo fuerza como para exhalar y tras recuperar la respiración tomó la calle cuando la luna arremetía en medio de las penumbras.
Atravesó Dorrego hasta llegar al destacamento policial donde exigió hablar con el responsable, que no era otro que un comisario apolillado, mal dormido y hambriento. ¿Por qué la policía nunca está saciada y despierta?, se preguntó mientras miraba comisario que rebalsaba el sillón.
Sentado frente a ese sujeto amorfo y azul, la boca se le abrió y en catarata las palabras se zambulleron turbando el silencio de la noche y del pasado.
Todo comenzó a los ocho años. Yo vivía en una pensión muy parecida a un conventillo a una cuadra de la bodega Arizú. De hecho, esa calle homónima a la bodega, tenía cinco conventillos a lo largo de sus dos primeras cuadras.
Sabe, según me contó don Liberal, el quiosquero del barrio, los trabajadores golondrinas que arribaban a la provincia para la cosecha paraban en estas pensiones que le quedaba a unos pocas cuadras de las bodegas. No era extraño ver peruanos y chilenos principalmente caminando por el barrio. Los bolivianos, tradicionalmente siempre se fueron para la zona de Ugarteche porque ellos ya habían desarrollado su comunidad en ese distrito de Luján.
En fin, mi vieja gerenciaba el conventillo, mientras mi viejo alternaba las changas eléctricas con su trabajo de supervisor de una firma subcontratista de YPF, cuando era del Estado.
Que estuviéramos a cargo de la pensión nos traía en suerte el tener dos habitaciones unidas y la cocina, que para llegar tenía que cruzar el corto patio de la lavandería que estaba pegada a uno de los baños que se compartía con el resto de los inquilinos.
Por ahí vi pasar, mínimo, una decena de personajes que son muy dignos de una historia bien contada, pero yo no tengo esa capacidad. Después le brindaré más detalle de los inquilinos porque ellos en definitiva tuvieron algo que ver con esa muerte.
- Muerte dijo usted, preguntó intrigado y nervioso el comisario.
- Sí, pero déjeme continuar. Ya voy a llegar a eso.
Su boca se volvió a abrir y narró todo como si lo estuviera viviendo nuevamente pero las imágenes llegaban en sepia.
Era 1983 - retomó el relato - la democracia para mí no tenía mucho sentido. Era chico y lo único que me entretenía eran los recreos en la escuela, la Martínez de Rosas. Hacíamos pelotas con la bolsita de las tutucas y a veces nos dividíamos entre radicales y peronistas, sin saber ni entender qué era eso, para vitorear unos en detrimento de los otros. Cosas de chicos vio.
En la pensión mi vieja era radical, de esas de lista sabana y fidelidad partidaria absoluta, a tal punto que se iba al comité a buscar boletas y sobres para colaborar con la causa, y mientras veía las novelas ensobraba de memoria.
En la pieza grande, donde finalmente se produjo la muerte, dormía con mis dos hermanos. La habitación estaba separada por cortinas y un mueble. De un lado las tres camas nuestras y del otro una suerte de sala de estar chica pero acogedora.
En la mitad en que dormíamos había un sótano, al que yo en lo particular le tenía terror.
Allá abajo, siempre supe que hubo algo. Un pasaje a otro lugar, una puerta al infierno o quizás algo peor que eso.
Levantar la tapa del sótano era una movida bastante complicada, porque teníamos que correr las tres camas y las dos mesas de luz.
El único que bajaba era mi viejo, con el tiempo mi hermano mayor también bajó a ese oscuro hueco que estaba en la habitación. También con el tiempo mi hermano enloqueció. Se dice que ahí abajo el tuvo una aparición siniestra. A partir de ahí cambio para siempre. Se fue al seminario en Córdoba donde al parecer tuvo otra visión y huyo. Ahora, sé que vaga por el mundo, cada tanto llama de un país diferente. Nunca puede hablar con él para que me contara qué cosa se le presentó ahí abajo.
Yo al sótano bajé recién a los ocho años. Sabía que tarde o temprano lo haría pero nunca imagine lo prematuro del hecho. No obstante, yo ya había ingresado con mis amigos a la casa abandonada que estaba frente a la plaza Biritos. En esa obra en construcción habían matado a un hombre y entramos igual. Eso me dio chapa suficiente como para que una vecinita se interesara en mí. Usted ya vio como son las chicas cuando ven a un valiente, ni que hablar en ese entonces. Pero al sótano tenía que acceder sólo y sin amigos.
Sabe, yo era un niño y los niños no deben bajar a los sótanos pero éramos tan pobres. Papá, como le dije, trabajaba quince días en Malargüe y el asma de mamá no le permitía en algunas ocasiones hacer determinadas tareas entre ellas sacar la tapa del sótano y bajar. De todos modos, los niños no tienen que bajar a los sótanos. Los sótanos no son lugares buenos para los niños.
Recuerdo que cuando mamá me propuso la tarea yo fingí ser más valiente de lo que era...y soy.
Era de mañana, fue la última mañana. Yo no lo imaginaba.
El ritual fue muy prolijo, moví las camas, metí la mano en el borde y levante la tapa. La corrí con mucho esfuerzo porque era niño y los niños no tienen fuerza para correr las tapas de los sótanos.
El velador lo saqué de la mesita de luz y lo incliné hacia adentro de ese agujero en la tierra, que a esa altura se había convertido en un voraz hoyo que alimentaba mi espanto.
La luz, sólo generaba más sombras y las sombras aceleraban la imaginación que cesó de golpe cuando asenté mis dos pequeños pies en ese mundo subterráneo.
Al primer paso, le siguió un silencio prolongado y oscuro, hasta que el otro pie respondió, lo que me obligó a avanzar en ese abismo.
La revelación me llegó después de conocer que ese pozo debajo de mi habitación era una bodega donde se guardaba salsa casera, dulces, vino y embutidos.
Pero cuando todo comenzaba a tranquilizarme una voz estalló desde el rincón más oscuro y húmedo del sótano. Quedé tieso. No sé cómo no me desmaye. Permanecí de pie frente al terror. De pie, sobre esos pequeños pies que no podían ni siquiera huir.
Los esfuerzos por descubrir la procedencia de esa voz fueron inútiles, el juego de luces y sombras cubría a la perfección el rincón.
La voz era la de un chico casi de mi misma edad, en ese entonces, que con angustia me dijo: "liberame"
Yo me asuste, ¡va! ya estaba asustado. Pero me aterró el pedido. No comprendía nada, sólo tomé la botella de salsa y salí corriendo hasta la cocina. Mi vieja me preguntó qué me pasaba. No respondí, sólo imaginé lo blanco que estaba. A los pocos segundos caí en la cuenta de que la tapa del sótano estaba aún abierta, por lo que volví a la habitación.
Entre el espanto y la sorpresa descubrí que el pibe estaba sentado en mi cama. Sus facciones me eran conocidas pero estaba tan demacrado y húmedo que me costó identificarlo del todo.
“Estoy encerrado, amaniatado en la oscuridad. Apúrate, no sea que el ego te distraiga y los días se te vayan”, vociferó el pequeño pestilente generándome un fuerte dolor en el pecho.
Antes de volverse al sótano me miró, sin ojos que yo pudiera ver, y me advirtió: “Cuidado con los espejos y las formas, las letras y las normas. No te consumas en lo absurdo”.
El pibe se volvió a meter ahí abajo y yo cerré la tapa.
Durante muchos años no entendí pero ahora necesito que saquen el cadáver que debe estar ahí abajo.
- Esa es su urgencia, no la mía. Además, quién le dijo que el cadáver está ahí abajo - sentenció el comisario con una mueca socarrona y despectiva antes de desvanecerse con el alba.
Amanecido e insomne el tipo regresó a su blanca habitación y vio que sobre la mesa de luz yacían intactos el vaso de agua y las pastillas.